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Murakami (Kioto, 1949) tiene un ritmo particular y subyugante. Su peculiar manera de enlazar las palabras mantiene en todo momento la atención en el aspecto formal de cada frase. Se expresa de forma breve e incisiva, y sin embargo es terriblemente descriptivo y lírico. Es un placer leer algo tan hermosamente enunciado. Poco a poco, sin perder por un instante la conciencia de las palabras, y gracias a la magnífica evocación de ambientes y situaciones, con referencias constantes y envolventes a los sonidos (y silencios) y a la música,  la historia adquiere interés por sí misma; porque también la historia es hipnótica y bella.

Acercándose a la madurez, al escuchar Norwegian Wood en un avión, Watanabe se ve inmerso de pronto en un recuerdo de juventud. Al hilo de él se desarrolla la historia de sus diecinueve y veinte años, el tránsito entre la adolescencia y la juventud, en el que Naoko, una joven de clase alta con problemas mentales, Midori, una chica trabajadora vitalista y excéntrica, y Reiko, una mujer en la treintena que se esconde de su atormentada vida anterior, significan para Watanabe distintos caminos.

A través del crecimiento y evolución de Watanabe en su relación con estas mujeres, Murakami describe de forma vívida la locura y la cordura, la vida y la muerte,  y la tenue y frágil línea que las separa. La aceptación de la muerte como parte de la vida (“la muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida [...] Es una realidad. Mientras vivimos, vamos criando la muerte al mismo tiempo.”) y de la realidad como alternativa a la locura, es el colofón de una novela en la que el suicidio y la muerte de los seres queridos determina la existencia de los personajes.

Esta novela, escrita en 1987 y editada en castellano en 2005, es una lectura altamente recomendable; tal vez no es fácil llegar desde las palabras a la historia, aunque éstas por sí solas mantienen el atractivo de leerlas. Sin embargo, cuando menos se espera, la historia te atrapa, y entonces será difícil no terminarla.